Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Había comprendido que él lo sabía todo, o por lo menos lo sospechaba.

—Dame eso —dijo Roland.

Pedro entregó la miniatura, y su padre acercó la bujía para verla bien.

—¡Pobre hombre! —murmuró—. ¡Pensar que era así cuando le conocimos! ¡Cómo corre el tiempo! Era un guapo mozo en aquella época y muy agradable, ¿no es verdad, Luisa?

Su mujer no contestó, y él prosiguió diciendo:

—¡Y qué carácter! Nunca le vi de mal humor. Todo ha concluido… Ya no queda nada… más que lo que ha dejado a Juan. En fin, se puede asegurar que ha sido un amigo fiel y constante. Ni aun al morir nos ha olvidado.

Juan, a su vez, cogió el retrato, lo miró algunos instantes y dijo:

—Yo aquí le desconozco. No recuerdo de él más sino que tenía el pelo blanco.

Y devolvió la miniatura a su madre. Ésta le dirigió una mirada rápida y casi temerosa.

—Este retrato ya es tuyo —dijo—, puesto que eres su heredero. Lo llevaremos a tu nueva casa.

Y cuando entraron en la sala, puso la miniatura encima de la chimenea, al lado del reloj, donde estaba antes.


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