Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Roland cargaba su pipa, y Pedro y Juan encendieron sus cigarrillos Los fumaban generalmente el uno paseando por la sala, y el otro sentado en un sillón con las piernas cruzadas. El padre se ponía siempre a caballo en una silla y escupía desde lejos sobre la chimenea.

La señora de Roland, en una silla baja, al lado de una mesita donde estaba la lámpara, bordaba, cosía o hacía media.

Aquel día empezaba a bordar un tapiz destinado al cuarto de Juan. Era un trabajo difícil y complicado, cuyo comienzo exigía toda su atención. De vez en cuando levantaba los ojos con que contaba los puntos y dirigía una mirada furtiva al retrato del muerto, reclinado sobre el reloj. Y el doctor, que atravesaba la sala en cuatro o cinco pasos, con las manos atrás y el cigarrillo en los labios, encontraba siempre la mirada de su madre.

Parecía que se espiaban, que se había declarado una lucha entre ellos, y un malestar doloroso, insoportable, crispaba el corazón de Pedro. Pensaba afligido, y al mismo tiempo satisfecho: «¡Cómo debe sufrir si comprende que yo he adivinado!». Y cada vez que se acercaba a la chimenea se detenía dos o tres segundos para demostrar que le dominaba una idea fija. Y aquel retrato, más pequeño que la mano abierta, parecía una persona viva, mala, temible, introducida repentinamente en aquella casa y en aquella familia.


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