Pedro y Juan
Pedro y Juan Súbitamente sonó la campanilla de la puerta de entrada.
La señora de Roland, siempre tan tranquila, experimentó un estremecimiento que reveló al doctor la agitación de sus nervios.
Luego dijo: «Debe ser la señora de Rosemilly». Y su mirada ansiosa se dirigió una vez más hacia la chimenea.
Pedro comprendió o creyó comprender su terror y su angustia. La mirada de las mujeres es penetrante, su imaginación viva y su pensamiento suspicaz. Cuando la que iba a entrar viese aquella miniatura desconocida, al primer golpe de vista descubriría la semejanza entre la cara retratada y la de Juan. ¡Entonces lo sabría y lo comprendería todo! El doctor tuvo miedo, un miedo súbito y horrible de que aquella afrenta se descubriese, y volviéndose a tiempo que se abría la puerta, cogió la miniatura y la metió debajo del reloj, sin que su padre y su hermano lo advirtieran.
Encontrando otra vez la mirada de su madre, le pareció cambiada, distraída y turbada.
—Buenas noches —dijo la señora de Rosemilly—; vengo a que me den ustedes una taza de té.
Y mientras todos la rodeaban preguntando por su salud, desapareció Pedro por la puerta entreabierta.