Pedro y Juan

Pedro y Juan

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VI

Durante una o dos semanas no ocurrió nada de particular en casa de Roland. El padre pescaba; Juan, ayudado por su madre, proseguía sus preparativos de instalación, y Pedro, muy sombrío, no parecía más que a las horas de comer.

Su padre le preguntó una noche:

—¿Por qué diablo pones esa cara que parece que estás en un entierro? Ya lo he notado hace algunos días.

El doctor contestó:

—Siento terriblemente el peso de la vida.

El buen hombre no entendió una palabra, y dijo:

—¡Es fuerte cosa! Desde que hemos tenido la suerte de esa herencia, todo el mundo parece desgraciado. Cualquiera diría que nos ha sucedido una desgracia y que lloramos a alguno.

—Yo lloro a alguien, en efecto —dijo Pedro.

—¿Tú?, ¿a quién?

—A una persona a quien tú no has conocido y que yo amaba mucho.

Roland creyó que se trataba de alguna muchacha a quien cortejaba su hijo:

—¿Una mujer, sin duda?

—Sí, una mujer.

—¿Muerta?

—No, algo peor, perdida.

—¡Ah!


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