Pedro y Juan
Pedro y Juan Durante una o dos semanas no ocurrió nada de particular en casa de Roland. El padre pescaba; Juan, ayudado por su madre, proseguÃa sus preparativos de instalación, y Pedro, muy sombrÃo, no parecÃa más que a las horas de comer.
Su padre le preguntó una noche:
—¿Por qué diablo pones esa cara que parece que estás en un entierro? Ya lo he notado hace algunos dÃas.
El doctor contestó:
—Siento terriblemente el peso de la vida.
El buen hombre no entendió una palabra, y dijo:
—¡Es fuerte cosa! Desde que hemos tenido la suerte de esa herencia, todo el mundo parece desgraciado. Cualquiera dirÃa que nos ha sucedido una desgracia y que lloramos a alguno.
—Yo lloro a alguien, en efecto —dijo Pedro.
—¿Tú?, ¿a quién?
—A una persona a quien tú no has conocido y que yo amaba mucho.
Roland creyó que se trataba de alguna muchacha a quien cortejaba su hijo:
—¿Una mujer, sin duda?
—SÃ, una mujer.
—¿Muerta?
—No, algo peor, perdida.
—¡Ah!
