Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Aunque le chocó esta confidencia imprevista hecha delante de su mujer, y el tono extraño de su hijo, Roland no insistió, porque creía que estas cosas no importaban a nadie.

La madre pareció no haber comprendido: estaba muy pálida y parecía enferma. Ya otras veces su marido, sorprendido al verla sentarse como si cayese en la silla y de oírla respirar trabajosamente, le había dicho:

—Verdaderamente, Luisa, tienes mala cara; te cansas sin duda demasiado en arreglar la casa de Juan. ¡Descansa un poco, diantre! Ahora no tiene prisa, puesto que ya es rico.

Ella movía la cabeza sin contestar.

Su palidez en aquel momento fue tan grande, que Roland la notó de nuevo.

—Vamos —dijo— tú no estás bien. Es preciso que te cuides.

Y volviéndose a su hijo, añadió:

—Ya ves que tu madre padece. ¿La has visto bien?

—No —contesto Pedro—, no había reparado…

Entonces Roland se incomodó.

—Pero hombre, si salta a la vista. ¿De qué te sirve ser médico si no conoces que tu madre está indispuesta? Pero mírala, mírala. No, verdaderamente, ya puede uno reventar, no haya miedo que lo advierta este médico…


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