Pedro y Juan
Pedro y Juan La señora de Roland vacilaba y su palidez se hacÃa más densa a cada momento.
—Le va a dar algo.
—No, no… no es nada… ya pasará.
Pedro se acercó, y dijo mirándola fijamente:
—¿Qué tienes?
Ella repetÃa en voz baja:
—No es nada… te lo aseguro… nada.
Roland, que habÃa salido a buscar vinagre, volvió con una botella y dijo dándola a su hijo:
—Toma… cuÃdala… ¿La has tomado el pulso?
Cuando Pedro se inclinó para tomárselo, ella retiró la mano con un movimiento tan súbito que se dio un golpe en el codo contra una silla inmediata.
—Vamos —dijo Pedro frÃamente—, déjate cuidar puesto que estás mala.
La pobre le presentó el brazo. TenÃa la piel ardiendo y la circulación de la sangre muy alterada. Pedro murmuró:
—Con efecto, estás mal. Hay que tomar calmantes. Te haré una receta.
Y mientras escribÃa, inclinado sobre el papel, un ligero rumor de suspiros ahogados, de sollozos comprimidos, le hicieron volver la cabeza.
Su madre lloraba tapándose la cara con las manos.
Roland, trastornado, preguntaba:
—Luisa, Luisa, ¿qué tienes?