Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Ella no contestaba y parecía desgarrada por un pesar horrible y profundo.

Su marido quería cogerla las manos y separárselas de la cara. Ella resistía diciendo:

—No, no, no.

—Pero ¿qué tiene? —preguntó Roland volviéndose a su hijo—. Nunca la he visto así.

—No es nada: un ataque de nervios.

Y le parecía que su corazón experimentaba cierto consuelo en verla padecer, como si aquel dolor disminuyera su resentimiento, al paso que disminuía la deuda de oprobio de su madre, a quien miraba como un juez satisfecho de sus investigaciones.

De repente se levantó Luisa, y dirigiéndose hacia la puerta en un arranque tan repentino que nadie pudo prever ni evitar, corrió a encerrarse en su cuarto.

Roland y el doctor quedaron mirándose.

—¿Comprendes tú esto? —dijo el padre.

—Sí —contestó el hijo—, es un malestar nervioso que se declara casi siempre a la edad de mamá. Es probable que sufra otras crisis como ésta.

Efectivamente, sufrió otras casi diariamente, que Pedro parecía provocar con una palabra, como si hubiera poseído el secreto de producir aquel mal extraño y desconocido. Espiaba en su rostro las intermitencias de reposo, y con astucia de verdugo despertaba con una sola palabra el dolor un momento calmado.


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