Pedro y Juan
Pedro y Juan Él padecía tanto como ella. Padecía horriblemente por no poder amarla, por no respetarla, por atormentarla. Cuando había avivado la sangrienta llaga abierta por él en su corazón de mujer y de madre, se iba solo por la ciudad, devorado por los remordimientos, atormentado por la compasión y tan dolorido por haberla destrozado con su desprecio de hijo, que sentía impulsos de arrojarse al mar y acabar de una vez.
En aquellos momentos deseaba perdonar, pero no podía, porque no lograba olvidar. Si hubiese podido siquiera dejar de atormentarla… pero para esto hubiera sido preciso que él olvidase sus tormentos. Volvía a las horas de comer lleno de resoluciones cariñosas, pero en cuanto la veía esquivando sus miradas, temerosa y avergonzada, no podía contener la frase pérfida que acudía a sus labios.
El infame secreto que sólo los dos conocían le aguijoneaba sin cesar. Era como un veneno que llevaba en las venas, y que le daba deseos de morder como si fuera un perro rabioso.
Nada le impedía mortificarla a todas horas, porque Juan vivía casi enteramente en su nueva habitación y no iba a la casa más que para comer y dormir.