Pedro y Juan
Pedro y Juan No dejaba Juan de advertir las amarguras y violencias de su hermano, que atribuía a envidia, y se proponía llamarle al orden y darle una lección algún día, porque la vida de familia se hacía insoportable con estas escenas continuas. Pero como vivía casi aparte, no sufría tanto con sus brutalidades, y su amor a la paz le hacía tener paciencia. Por otra parte, la fortuna se le había subido a la cabeza y apenas se ocupaba de las cosas que no tenían para él un interés directo. Llegaba preocupado de una porción de pequeñeces, como el corte de un chaquet, la forma de un sombrero o el tamaño de las tarjetas, y hablaba con insistencia de los detalles de su casa, de la colocación de la ropa blanca, del bastonero que había puesto en el vestíbulo, de los timbres eléctricos.
Se había resuelto que con motivo de su instalación se celebraría una gira campestre en Saint-Jouin, y que después de comer irían todos a tomar el té a la nueva casa. Roland quería ir por mar, pero la distancia y la inseguridad de llegar si el viento era contrario, hicieron desechar su proposición, y se tomó un break para la expedición.