Pedro y Juan
Pedro y Juan Salieron a las diez, con objeto de llegar a la hora de almorzar. El camino, lleno de polvo, se desarrolla a través de la campiña normanda, que las ondulaciones del terreno y las casas rodeadas de árboles hacen semejante a un parque sin fin. En el carruaje, tirado por dos enormes caballos normandos, la familia de Roland, la señora de Rosemilly y el capitán Beausire callaban, aturdidos por el ruido de las ruedas y cerraban los ojos cegados por una nube de polvo.
Comenzaba la época de la recolección. Al lado de los tréboles de un verde oscuro y de las remolachas de verde crudo, los trigos amarillos daban a los campos un matiz dorado, como si hubieran aspirado toda la luz del sol que caía sobre ellos. Comenzaba la siega, y por todas partes se veía a los hombres inclinados hacia el suelo manejando las curvas hoces.
Después de dos horas de marcha, el break tomó un camino a la izquierda, pasó por delante de un molino de viento y entró en un bonito patio, parando delante de una casa de buen aspecto, que era una hostería célebre en el país.
La dueña, llamada la bella Alfonsina, se adelantó sonriendo hasta la puerta y dio la mano a las señoras para que bajaran del carruaje, que tenía el estribo muy alto.