Pedro y Juan
Pedro y Juan —¿No se come hoy?
—Sí por cierto. Ahora bajamos.
Y bajó seguida de Juan.
Roland exclamó al ver al joven:
—¡Hola!, ¿te aburres ya en tu casa?
—No, pero tenía que hablar hoy con mamá.
Juan se adelantó con la mano abierta, y cuando el anciano le dio la suya experimentó una emoción extraña, semejante a la que produce una separación para siempre.
La señora de Roland preguntó:
—¿No ha llegado Pedro?
Su marido se encogió de hombros.
—No, pero tanto peor para él, siempre se retrasa. Empecemos sin él.
La madre se volvió hacia Juan.
—Debías ir a buscarlo —dijo—; le ofende que no se le espere.
—Sí, mamá, voy.
Y el joven salió y subió la escalera con la resolución febril de un cobarde que va a batirse.
Llamó a la puerta, y Pedro contestó:
—Adelante.
Entró.
El otro escribía inclinado sobre la mesa.
—Buenos días —dijo Juan.
Pedro se levantó.