Pedro y Juan
Pedro y Juan —Buenos dÃas.
Y se tendieron las manos como si no hubiera pasado nada.
—¿No bajas a almorzar?
—Es… que… tengo mucho que hacer.
La voz del mayor temblaba y su mirada ansiosa preguntaba a su hermano qué debÃa hacer.
—Te esperan.
—¡Ah! ¿Está abajo nuestra madre?
—Ella es quien me envÃa a buscarte.
—Entonces… voy.
Delante de la puerta de la sala dudó entrar el primero; por fin se resolvió a abrir, y vio a sus padres sentados a la mesa uno frente a otro.
Se acercó primero a ella sin levantar los ojos ni pronunciar una palabra y la presentó la frente para que le besara como hacÃa desde algún tiempo, en vez de besarla él en las dos mejillas como antes. Adivinó que ella acercaba la boca, pero no sintió en la piel el contacto de los labios y se levantó con el corazón palpitante después de este simulacro de caricia.
Pedro se preguntaba: «¿Qué se dijeron cuando quedaron solos?».