Pedro y Juan
Pedro y Juan Juan repetía: «Mamá» y «querida mamá», se cuidaba de ella, la servía y le llenaba la copa. Entonces Pedro comprendió que habían llorado juntos, pero no pudo penetrar su pensamiento. ¿Juan creía culpable a su madre o a su hermano un miserable?
Y todos los reproches que se había hecho por haber dejado escapar el horrible secreto le asaltaron de repente y le cerraban la boca, impidiéndole comer y hablar.
Sentía una imperiosa necesidad de huir, de dejar aquella casa que ya no era suya, aquellas gentes que sólo estaban unidas a él por lazos imperceptibles. Hubiera querido partir en el acto a cualquier parte, comprendiendo que todo había concluido, que ya no podía permanecer entre ellos, que los atormentaría siempre a pesar suyo, nada más que con su presencia, y que ellos le harían sufrir sin cesar un suplicio insoportable.
Juan hablaba con Roland. Pedro ni le escuchaba ni le oía, pero creyó notar alguna intención en la voz de su hermano, y entonces prestó atención.
Juan decía:
—Parece que será el mejor barco de nuestra marina mercante. Dicen que su porte es de seis mil quinientas toneladas y hará su primer viaje el mes que viene.
Roland se admiraba.
—¡Ya! Yo creía que no podría navegar en todo el verano.