Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—Han dado gran impulso a los trabajos. Yo he pasado la mañana en las oficinas de la Compañía y he hablado con uno de los administradores.

—¿Con cuál?

—Con el señor Marchand, el amigo particular del presidente del Consejo de administración.

—¿Le conoces?

—Sí, y tenía que pedirle un pequeño favor.

—Entonces harás que yo vea despacio la Lorena en cuanto esté en el puerto, ¿no es verdad?

—Seguramente: es cosa sumamente fácil.

Juan parecía vacilar, buscar las palabras y perseguir una transición que no encontraba.

—Lo cierto es —dijo— que se lleva una vida muy aceptable a bordo de esos grandes transatlánticos. Se pasa más de la mitad del tiempo en tierra, en grandes ciudades como Nueva York y el Havre, y lo demás en el mar, con personas de buen trato. Se pueden hacer relaciones muy agradables y muy útiles para después, sí, muy útiles, entre los pasajeros. Pienso que el capitán, sólo con las economías sobre el carbón, puede llegar a veinticinco mil francos al año, si no es más.

—¡Diantre! —dijo Roland, lanzando un silbido que demostraba un profundo respeto a la suma y al capitán.

Juan añadió:


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