Pedro y Juan
Pedro y Juan —Porque no conozco a nadie de la CompañÃa transatlántica.
Roland estaba estupefacto.
—¿Y qué se ha hecho de todos tus planes?
Pedro murmuró:
—Hay dÃas en que es preciso saber sacrificarlo todo y renunciar a las mejores esperanzas. Además esto no es más que un principio, un modo de reunir algunos miles de francos para establecerme luego.
Su padre quedó pronto convencido.
—Eso es verdad. En dos años puedes ahorrar seis o siete mil francos, que bien empleados te llevarÃan lejos. ¿Qué piensas tú, Luisa?
Ésta contestó con voz apenas perceptible:
—Creo que Pedro tiene razón.
Roland exclamó:
—Pues yo hablaré al señor de Poulin, a quien conozco mucho. Es juez en el Tribunal de Comercio y se ocupa de los negocios de la CompañÃa. También tengo al señor de Lenient, el armador, que es Ãntimo de uno de los vicepresidentes.
Juan preguntó a su hermano:
—¿Quieres que yo tantee hoy mismo al señor de Marchand?
—SÃ.
Pedro añadió después de meditar algunos instantes: