Pedro y Juan
Pedro y Juan —El mejor medio será quizás escribir a mis maestros de la Escuela de Medicina que me querÃan mucho. Generalmente se admiten en esos barcos medianÃas. Cartas muy expresivas de los profesores Mas-Roussell, Rémusot, Flache y Borriquel, conseguirÃan más en un momento que todas las recomendaciones. BastarÃa que tu amigo, el señor de Marchand, presentara esas cartas al Consejo de administración.
—Me parece una idea excelente —dijo Juan, sonriendo tranquilo, casi contento, seguro del éxito, porque era incapaz de afligirse mucho tiempo, y añadió—: EscrÃbeles hoy mismo.
—En seguida. Hoy no tomaré café porque estoy muy nervioso.
Se levantó y salió.
Entonces Juan se volvió hacia su madre.
—¿Y tú qué haces, mamá?
—Nada… no lo sé.
—¿Quieres venir conmigo a casa de la señora de Rosemilly?
—SÃ.
—Ya sabes que es indispensable que yo vaya hoy.
—Es claro.
—¿Por qué es indispensable? —preguntó Roland, que casi nunca se enteraba de lo que en su presencia decÃan.
—Porque he ofrecido ir.