Pedro y Juan
Pedro y Juan Su madre, una mujer de orden, una burguesa económica, un poco sentimental, dotada de un alma tierna de señora hacendosa, aplacaba sin cesar las pequeñas rivalidades que surgían diariamente entre sus hijos por todas las menudencias de la vida común. Por otra parte, en aquellos momentos su tranquilidad se hallaba perturbada por un ligero acontecimiento que la hacía temer alguna complicación. Durante el invierno último, mientras sus hijos terminaban sus estudios había contraído amistad con su vecina la señora de Rosemilly, viuda de un capitán de barco muerto en la mar dos años antes. La viuda, joven de veintitrés años, mujer juiciosa, que conocía la existencia por instinto como un animal libre, como si hubiera visto, sufrido, comprendido y pesado todos los acontecimientos posibles, que juzgaba las cosas con un espíritu sano, estrecho y benévolo, había tomado la costumbre de ir a bordar y conversar un rato por las noches a casa de aquellos amables vecinos que le daban una taza de té.
Roland, a quien aguijoneaba sin cesar su manía marítima, interrogaba a su nueva amiga sobre el difunto capitán y ella hablaba de él, de sus viajes, de sus relaciones sin embarazo, como mujer razonable que ama la vida y respeta la muerte.