Pedro y Juan
Pedro y Juan Los dos hijos, encontrando a su regreso instalada en la casa aquella linda viuda, empezaron a cortejarla, menos por el deseo de gustarla que por suplantarse uno a otro.
La madre, prudente y práctica, deseaba que uno de los dos triunfase, porque la joven era rica, pero también hubiese querido que el otro no lo sintiera.
La señora de Rosemilly era rubia, con ojos azules, con corona de cabellos cortos que volaban al menor soplo de viento y un airecillo pizpireto, atrevido y batallador que contrastaba con la prudencia metódica de su espíritu.
Movida por la semejanza de su naturaleza, parecía preferir a Juan; pero no demostraba su preferencia más que por una leve diferencia en la voz y en la mirada, y por pedirle parecer algunas veces.
Parecía adivinar que la opinión de Juan fortalecería la suya, mientras la de Pedro sería enteramente contraria. Cuando hablaba de las ideas del doctor, lo mismo políticas que artísticas, filosóficas o morales, solía calificarlas de frivolidades. Entonces él la miraba con la frialdad de un magistrado que instruye el proceso de las mujeres, de todas las mujeres.