Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—No… y es bastante madrugar.

El buen hombre vacilaba. Seguramente no cogerían nada, porque cuando el sol pica el pescado no muerde; pero los dos hermanos se habían apresurado a disponer la partida y a organizarlo y arreglarlo todo acto continuo.

Así, pues, el martes siguiente la Perla había ido a echar el ancla bajo las blancas rocas del cabo de la Hève y se había pescado hasta el medio día; luego dieron algunas cabezadas, y después volvieron a pescar sin coger nada, hasta que Roland, comprendiendo que la señora de Rosemilly no gustaba de la pesca ni apreciaba, en verdad, más que el paseo por mar, y viendo que sus sedales no se movían, había prorrumpido en una exclamación de impaciencia irreflexiva, en un chist enérgico que se dirigía tanto a la viuda indiferente como a los peces, que no se dejaban coger.

Luego contemplaba el pescado cogido con la complacencia del avaro, hasta que por fin miró al cielo y vio que el sol declinaba.

—Vaya, me parece que es tiempo de volver, hijos míos.

Los dos muchachos sacaron sus hilos, los recogieron, clavaron los anzuelos en el corcho y esperaron.

Roland se había levantado para contemplar el horizonte a la manera de un capitán.

—No hay viento —dijo—. Habrá que remar, muchachos.


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