Pedro y Juan

Pedro y Juan

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La joven viuda tomó el anteojo, lo dirigió hacia el lejano transatlántico, sin conseguir sin duda ponerlo delante de él, porque no distinguía nada, nada más que azul, con un círculo de color, un arco iris redondo y luego cosas extrañas, especie de eclipses que la mareaban.

—Nunca he sabido servirme de este instrumento —dijo devolviendo el anteojo—. Esta torpeza mía encolerizaba a mi marido, que permanecía horas enteras en la ventana viendo pasar los barcos.

El señor Roland, contrariado, replicaba:

—Pues debe consistir en la vista de Ud., porque mi anteojo es excelente.

Luego lo ofreció a su mujer:

—¿Quieres tú ver?

—No, gracias; sé que no podría.

La señora de Roland, una mujer de cuarenta y ocho años, que no los representaba, parecía gozar más que todos con aquel paseo y aquella puesta de sol.


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