Pedro y Juan
Pedro y Juan Sus cabellos castaños comenzaban apenas a encanecer. Tenía un aspecto tranquilo y razonable, un aire de dicha y de bondad que encantaba. Según la frase de su hijo Pedro, sabía lo que vale el dinero, pero esto no le impedía saborear el encanto de un sueño. Gustaba de leer novelas y poesías, no por su valor artístico, sino por el encanto tierno y melancólico que despertaban en su alma. Un verso, a veces insignificante y quizás malo, hacía vibrar la cuerda, como ella decía, y le producía la sensación de un deseo misterioso casi realizado. Y ella se complacía en estas ligeras emociones que perturbaban un poco su alma, por lo demás tan ordenada como un libro de caja.
Desde su llegada al Havre iba engordando visiblemente, y su talle, antes esbelto y flexible, perdía su gallardía de un modo notable.