Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Aquel paseo por mar la había encantado. Su marido sin ser malo la trataba con aspereza, como suelen hacerlo sin cólera y sin odio los déspotas de mostrador, para quienes mandar equivale a vociferar y jurar. Delante de extraños se contenía, pero en familia se abandonaba a sí mismo y tomaba unos aires terribles, por más que tenía miedo a todo el mundo. Ella, por horror al ruido, a las riñas, a las explicaciones inútiles, cedía siempre y no pedía nunca nada, y por eso no se había atrevido a pedir a Roland que la diera un paseo por el mar. Así, pues, aprovechó con alegría la ocasión que se le presentaba, y saboreaba aquel placer raro y nuevo.

Desde que la embarcación se puso en movimiento se había abandonado por completo en cuerpo y alma al placer de deslizarse sobre el agua. No pensaba en nada, ni en los recuerdos, ni en las esperanzas; le parecía que su corazón flotaba como su cuerpo sobre algo blando, fluido, delicioso, que la mecía y aletargaba.

Cuando el padre mandó: «A sus puestos para remar», sonrió viendo a sus hijos quitarse las americanas y remangar sobre sus brazos desnudos las mangas de la camisa.

Pedro, que estaba más cerca de las dos mujeres, tomó el remo de estribor, Juan el de babor y los dos esperaron que el patrón gritase: «Avante», porque daba gran importancia a que las maniobras se hicieran regularmente.


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