Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Unidos, con igual esfuerzo, dejaron caer los remos; luego se tendieron de espaldas sacando todas sus fuerzas, y se entabló una lucha entre los dos para mostrar su vigor. Por la mañana habían ido a la vela muy suavemente; pero habiendo caído la brisa, el orgullo varonil de los dos hermanos se despertó de repente con la perspectiva de luchar el uno contra el otro.

Cuando iban a pescar solos con su padre remaban también sin que nadie gobernase, porque Roland preparaba los sedales vigilando la marcha de la embarcación, que dirigía con un gesto o una palabra: «Juan, afloja»; «tú, Pedro, aprieta». O bien decía: «Vamos el uno, vamos el dos, un poco de aceite de brazo». El que había aflojado redoblaba su esfuerzo, el otro contenía el suyo y la barca tomaba su rumbo.

Aquel día iban a ostentar su musculatura. Los brazos de Pedro eran velludos, un poco flacos, pero nerviosos; los de Juan gordos y blancos, un poco sonrosados, con fuertes músculos que se hinchaban bajo la piel.





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