Pedro y Juan
Pedro y Juan Al principio Pedro sacó ventaja. Con los dientes apretados, la frente arrugada, las piernas tendidas y las manos crispadas sobre el remo lo hacía doblar en toda su longitud a cada uno de sus esfuerzos y la Perla se inclinaba hacia la costa. Roland, sentado en la proa para dejar a las mujeres todo el banco de popa, se desgañitaba gritando: «Despacio el uno, firme el dos». El uno apretaba cada vez más y el dos no podía contrarrestar aquel empuje violento.
Por fin, el patrón mandó: «¡Alto!». Los dos remos se levantaron a la vez, y Juan por orden de su padre remó solo algunos momentos. Pero desde entonces la ventaja fue suya. A medida que entraba en calor cobraba más bríos, mientras Pedro extenuado por su crisis de vigor se debilitaba jadeante. Cuatro veces seguidas mandó parar el padre para que el mayor tomara aliento y se rectificara el rumbo de la barca. El doctor entonces, con las mejillas pálidas y la frente inundada de sudor, balbuceaba:
—No sé lo que me pasa; tengo un espasmo en el corazón. He salido muy bien y parece que me han tronchado los brazos.
Juan preguntaba:
—¿Quieres que reme yo con los dos remos?
—No, gracias; ¡ya pasará!
La madre decía disgustada: