Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—Pero Pedro, ¿a qué viene ponerse en ese estado? Ya no eres un chiquillo.

Pero él se encogía de hombros y seguía remando.

La señora Rosemilly parecía no ver, ni oír, ni entender. A cada movimiento de la barca, su cabecita rubia hacía un movimiento brusco hacia atrás y sus finos cabellos volaban sobre sus sienes.

—Mirad, ya nos alcanza el Príncipe Alberto —exclamó Roland.

Todos miraron. Largo, bajo, con sus dos chimeneas inclinadas hacia atrás y sus dos tambores amarillos, redondos como mejillas, el buque de Southampton llegaba a todo vapor, lleno de pasajeros y cubierto de sombrillas abiertas. Sus ruedas rápidas, sonoras, batiendo el agua que formaba remolinos de espuma, le daban el aspecto de un correo; el tajamar recto cortaba el agua levantando dos hojas limpias y transparentes que escurrían por sus dos costados.

Cuando estuvo cerca de la Perla, Roland levantó su sombrero, las dos mujeres agitaron sus pañuelos y media docena de sombrillas se balancearon vivamente sobre la cubierta del vapor, que se alejó dejando en la superficie del mar algunas leves ondulaciones.


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