Pedro y Juan

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Otros buques, también con sus penachos de humo, acudían de diversos puntos del horizonte hacia el puerto que los tragaba uno después de otro como la boca de un gigante. Y las barcas de pescadores y los grandes buques de vela con sus ligeras arboladuras se deslizaban rápidamente arrastrados por imperceptibles remolcadores; llegaban todos de prisa o despacio hasta el ogro devorador que de cuando en cuando parecía ahíto y arrojaba hacia la mar otra flota de vapores, bricks, goletas y fragatas. Los vapores huían rápidamente a derecha e izquierda, y los barcos de vela, abandonados por los remolcadores, permanecían inmóviles, vistiéndose desde la cofa hasta el contratoque de lona blanca o parduzca, que parecía roja iluminada por el sol poniente.

La señora de Roland murmuró con los ojos medio cerrados:

—Dios mío, ¡qué hermoso es el mar!

La señora de Rosemilly contestó con un suspiro prolongado, que sin embargo no tenía nada de triste:

—Sí, pero hace mucho daño algunas veces.

Roland exclamó:

—Ya llega la Normandía. ¡Cuidado si es grande!


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