Pedro y Juan
Pedro y Juan Luego explicó la costa lejana del otro lado de la desembocadura del Sena. Señaló Villerville, Trouville, Houlgate, Luc, Arromanches, la ría de Caen y las rocas de Calvados que hacen peligrosa la navegación hasta Cherburgo. Después habló de los bancos de arena del Sena que cambian de sitio con las mareas y ponen en aprieto a los mismos pilotos de Quillebœuf si no recorren todos los días el canal. Hizo notar que el Havre separa la alta de la baja Normandía. En la baja Normandía, la costa llana baja hasta el mar en tierras de pastos, praderas y cultivos. La costa de la alta Normandía, por el contrario, es alta, escarpada, soberbia, formando hasta Dunkerque una inmensa muralla de rocas cuyas escotaduras ocultan todas una aldea o un puerto: Etretat, Fecamp, Saint-Valery, Treport, Dieppe, etcétera.
Las dos mujeres no le escuchaban aletargadas por el bienestar, conmovidas por la vista del Océano cubierto de barcos que corrían como fieras al rededor del cubil; y callaban un tanto abrumadas por aquel vasto horizonte de aire y de agua, y encantadas por aquella puesta de sol serena y magnífica. Sólo Roland hablaba sin cesar: a él no le aturdía nada. Las mujeres, más nerviosas, sienten a veces, sin comprender por qué, que el sonido de una voz inútil es irritante como una grosería.
Pedro y Juan, recobrada la calma, remaban con lentitud y la Perla se dirigía hacia el puerto, imperceptible al lado de los buques de alto bordo.