Pedro y Juan

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Cuando tocó al muelle, el marinero Papagrís que la esperaba dio la mano a las señoras para que saltaran en tierra. Una concurrencia numerosa y tranquila, la que va todos los días al muelle a la hora de pleamar, entraba también en la población.

Las señoras de Roland y de Rosemilly iban delante seguidas de los tres hombres. Al subir la calle de París solían detenerse delante de un almacén de modas o de una platería para examinar un sombrero o una alhaja; luego seguían hablando.

Delante de la plaza de la Bolsa Roland contempló, como lo hacía siempre, el fondeadero del Comercio, lleno de barcos alineados en cuatro o cinco filas. Los innumerables mástiles con sus vergas y cuerdas, que formaban en una extensión de varios kilómetros de muelle, daban a aquella abertura en medio de la ciudad el aspecto de un bosque muerto. Por encima de este bosque sin hojas revoloteaban las gaviotas, espiando los despojos tirados al agua para lanzarse como una piedra que cae desde la altura, y un grumete que ataba un cabo en la punta de un palo parecía que buscaba nidos.

—Sin cumplido, ¿quiere Ud. comer con nosotros para acabar juntos el día? —preguntó a la viuda la señora de Roland.

—Sí, con mucho gusto. Acepto, porque sería triste irme sola esta tarde.


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