Pedro y Juan
Pedro y Juan Pedro, que había oído estas palabras, y a quien la indiferencia de la viuda comenzaba a mortificar, murmuró: «Vaya, ya se incrustó la viuda». Desde algunos días antes la llamaba «la viuda». Esta palabra, sin decir nada, lastimaba a Juan nada más que por la entonación, que le parecía un tanto ofensiva.
Los tres hombres siguieron callados hasta llegar a su casa. Ésta era estrecha y se componía de un cuarto bajo y dos pequeñas habitaciones altas en la calle Belle-Normande. La criada Josefina, que era una muchacha de diez y nueve años, sirvienta campesina, barata, que tenía el aspecto asombrado y bestial de los aldeanos, abrió la puerta y subió detrás de sus amos hasta la sala, que se hallaba en el piso principal.
—Un señor ha venido tres veces —dijo.
Roland, que no la hablaba nunca sin jurar y gritar, contestó:
—¿Quién ha venido, mil rayos?
Ella no se alteraba jamás por los gritos de su amo, y replicó:
—Un señor de casa del notario.
—¿De qué notario?
—De casa del señor Canú.
—¿Y qué ha dicho ese señor?
—Que el señor Canú vendrá en persona esta tarde.