Pedro y Juan

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El señor Lecanú era notario y además amigo de Roland, cuyos asuntos dirigía. Para que anunciase su visita aquella noche era preciso que se tratara de algo urgente e importante. Los cuatro individuos de la familia se miraron turbados por aquella noticia, como le sucede a todas las personas de posición modesta por efecto de la intervención de un notario, que despierta una porción de ideas de contratos, de herencias, de procesos, de cosas esperadas o temidas. El padre murmuró después de algunos minutos de silencio:

—¿Qué querrá decir esto?

La señora Rosemilly se echó a reír:

—Vamos, es una herencia. Estoy segura. Soy ave de buen agüero.

Pero ellos no esperaban la muerte de nadie que les pudiera dejar algo.

La señora de Roland, dotada de una excelente memoria para los parentescos, empezó al punto a recordar todas las alianzas por su parte y la de su marido, remontándose a épocas lejanas y siguiendo todas las ramas de primos y tíos.

Sin quitarse siquiera el sombrero preguntaba:

—Dime, ¿te acuerdas con quién se casó en segundas nupcias José Lebrú?

—Sí, con la hija de un papelista llamado Dumenil.

—¿Tuvieron hijos?


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