Pedro y Juan
Pedro y Juan —Ya lo creo; lo menos cuatro o cinco.
—Entonces por ahà no hay nada.
Ya se iba animando en sus investigaciones con la esperanza de un bienestar caÃdo del cielo. Pero Pedro, que amaba mucho a su madre, que sabÃa que era un poco soñadora y temÃa una desilusión, algún pesar, alguna tristeza, si la noticia en lugar de buena era mala, la contuvo.
—No te preocupes, mamá. Ya no hay tÃos en América. Mejor creerÃa que se trata de una proposición de casamiento para Juan.
Todos se mostraron sorprendidos por esta idea, y a Juan no le hizo gracia que su hermano la expresara delante de la señora Rosemilly.
—¿Por qué para mà y no para ti? Mi pregunta es muy razonable. Tú eres el mayor, y por consiguiente en ti debÃan haber pensado primero. Además yo no quiero casarme.
Pedro exclamó:
—Qué, ¿estás enamorado?
El otro replicó con aspereza:
—¿Es preciso estar enamorado para decir que aún no quiero casarme?
—El aún lo corrige todo. Es decir que esperas.
—Figúrate que sÃ.
Pero Roland, que habÃa escuchado pensativo, encontró por fin la solución más verosÃmil.