Pedro y Juan
Pedro y Juan Todos los escritores, Víctor Hugo como Zola, han reclamado constantemente el derecho absoluto, el derecho ineludible de componer, es decir, de imaginar o de observar, según su concepto personal del arte. El talento procede de la originalidad, que es una manera especial de pensar, de ver, de comprender y de juzgar. Luego el crítico que pretende definir la novela según la idea que él tiene de las novelas que prefiere, y fijar ciertas reglas invariables de composición, luchará siempre contra todo temperamento de artista que produce una idea nueva. Un crítico, para merecer en absoluto este nombre, no debiera ser más que un analista, sin tendencias, sin preferencias, sin pasiones, y como un perito en cuadros, no apreciar más que el valor artístico del objeto de arte que se le presenta. Su inteligencia debe de absorber tan completamente su personalidad, que le permita descubrir y estimar los libros mismos que como hombre no le agradan y que debe comprender como juez.
Pero casi todos los críticos no son, en realidad, más que lectores, de lo que resulta que nos reconvienen casi siempre en vano, o que nos cumplimentan, elogian y elevan sin reserva y sin medida.
