Pedro y Juan
Pedro y Juan Como no eran aún las cuatro y no tenía nada que hacer, absolutamente nada, fue a sentarse en el Jardín público, y allí permaneció mucho tiempo en un banco, sin ideas, con los ojos fijos en el suelo y dominado por una inercia que rayaba en desfallecimiento.
Desde su vuelta a la casa paterna había vivido siempre así, y sin embargo nunca había sentido tan cruelmente el vacío de la existencia y de su inacción. ¿Cómo había pasado el tiempo desde la mañana hasta la noche?
Había vagado por el muelle a las horas de marea, vagado por las calles, vagado en los cafés, vagado en casa de Marowsko, vagado en todas partes. Y de repente esta vida, soportada hasta entonces, se le hacía odiosa o intolerable. Si hubiera tenido algún dinero, hubiese tomado un carruaje para dar un largo paseo por el campo; pero tenía que mirar mucho el precio de un bock o de un sello de franqueo y no podía permitirse esos caprichos. Entonces pensó que era duro a los treinta años pasar por la vergüenza de tener que pedir de cuando en cuando veinte francos a su madre, y murmuró revolviendo la tierra con el bastón:
—¡Caramba!, ¡si yo tuviera dinero!…
Y el pensamiento de la herencia de su hermano entró en él de nuevo como la mordedura de un reptil; pero lo desechó con impaciencia, temeroso de resbalar por la pendiente de la envidia.