Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Cerca de él, rodeándole, jugaban los niños en el suelo. Eran rubios, con largos cabellos, y se ocupaban muy formalmente en levantar montañas de arena, que luego aplastaban con el pie.

Pedro estaba en uno de esos días malos en que se registran todos los rincones del alma y se examinan todos sus pliegues.

«Nuestras tareas se parecen a los trabajos de esos chiquillos», pensó. Luego se preguntó si no era lo más cuerdo en la vida engendrar dos o tres de esos pequeños seres inútiles y mirarlos crecer con complacencia y curiosidad. Y entonces pensó en el matrimonio. Cuando no está uno solo se encuentra menos perdido. En los momentos de perturbación e incertidumbre se tiene alguien al lado, y ya es algo hablar a una mujer cuando se padece.

Y se puso a pensar en las mujeres.

Las conocía muy poco, porque en el barrio Latino no había tenido más que relaciones de quince días, rotas cuando se le acababa el dinero del mes y reanudadas o reemplazadas al mes siguiente. Debía haber, sin embargo, algunas muy buenas, muy dulces y muy consoladoras. ¿No había sido su madre la razón y el encanto del hogar paterno? ¡Cuánto hubiera deseado conocer una mujer, una verdadera mujer!


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