Pedro y Juan
Pedro y Juan Se levantó de repente con el propósito de hacer una visita a la señora de Rosemilly, pero se volvió a sentar súbitamente. Aquélla no le gustaba. Tenía demasiado buen sentido, vulgar y estrecho. Y además, ¿no parecía preferir a Juan? Sin confesárselo a sí mismo de una manera clara, esta preferencia entraba por mucho en el pobre concepto que tenía de la inteligencia de la viuda, porque aunque él amaba a su hermano no podía menos de juzgarle un poco mediocre y de creerse superior.
Sin embargo, no había de permanecer allí hasta la noche, y se preguntó ansiosamente como la víspera: «¿Qué haré?».
Sentía en el alma una necesidad de enternecerse, de ser abrazado y consolado. ¿Consolado de qué? No hubiera acertado a decirlo, pero se encontraba en una de esas horas de debilidad y de cansancio en que la presencia de una mujer, su caricia, el contacto de una mano, el roce de un vestido, una mirada dulce, son indispensables a nuestro corazón.
Se acordó de una sirvienta de cervecería a quien acompañó una noche a su casa y a la que visitaba de vez en cuando.
Levantóse de nuevo para ir a beber un bock con ella. ¿Qué la diría?, ¿qué diría ella? Nada sin duda. ¿Qué importa? La estrecharía la mano por algunos segundos. Ella parecía gustar de él. ¿Por qué no la veía con más frecuencia?