Pedro y Juan
Pedro y Juan La encontró dormitando en una silla en la sala casi vacÃa de la cervecerÃa. Tres bebedores fumaban sus pipas apoyados de codos sobre la mesa; la cajera leÃa una novela, mientras el dueño, en mangas de camisa, dormÃa profundamente en la banqueta.
La joven al verle se levantó y acudió con presteza.
—¡Hola!, ¿cómo está Ud.?
—Bien, ¿y tú?
—Muy bien. ¿Qué poco viene Ud.?
—No tengo tiempo. Ya sabes que soy médico.
—No lo sabÃa. Si lo hubiera sabido le hubiese consultado la semana pasada que estuve mala. ¿Qué toma Ud.?
—Un bock, ¿y tú?
—Tomaré otro, ya que lo pagas.
Y continuó tuteándole como si aquello fuera un permiso tácito. Sentados uno enfrente de otro, siguieron hablando. De cuando en cuando ella le cogÃa la mano con esa familiaridad fácil de las mujeres que venden sus caricias, y dirigiéndole miradas provocativas le decÃa:
—¿Por qué no vienes más a menudo? Ya sabes que me gustas mucho.