Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Pero a él le repugnaba la muchacha, que le parecía estúpida, vulgar y apestando a pueblo. «Las mujeres, decía, se nos deben presentar como en un sueño, rodeadas de una aureola de lujo que poetice su vulgaridad».

—La otra mañana pasaste con un rubio, guapo, de larga barba; ¿es tu hermano? —preguntó la joven.

—Sí.

—¡Buen mozo!

—¿Te parece?

—¡Vaya!

¿Qué extraña necesidad le movió de repente a contar a aquella criada de cervecería lo de la herencia de Juan? ¿Por qué esta idea, que desechaba cuando se veía solo por miedo a los sentimientos que despertaba en su alma, se le ocurrió en aquel momento, y la dejó correr libremente, como si necesitara desahogar su corazón lleno de amargura?

—No tiene poca suerte mi hermano —dijo cruzando las piernas—; acaba de heredar veinte mil francos de renta.

Ella abrió desmesuradamente sus grandes ojos azules llenos de codicia.

—¿Quién le ha dejado eso, su abuela o su tía?

—No, un amigo de mis padres.

—¿Nada más que un amigo?, ¡es imposible! Y a ti, ¿no te ha dejado nada?

—No. Yo le trataba poco.


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