Pedro y Juan
Pedro y Juan Con la cabeza baja miraba la blanca espuma de la cerveza burbujear y desvanecerse, y se preguntaba: «¿Es posible que se crea semejante cosa?».
Sin embargo, las razones que debían originar en los espíritus esa odiosa sospecha se le ocurrían entonces claras, evidentes, abrumadoras. Que un solterón sin herederos deje su fortuna a los dos hijos de un amigo, no tiene nada de particular; pero que la deje toda a uno solo de ellos, es cosa que llama la atención y acaba por provocar sonrisas. ¿Cómo Marechal no había previsto esto?, ¿cómo no lo había sentido su padre?, ¿cómo su madre no lo había adivinado? No; habían sido demasiado felices con aquel dinero inesperado para que se les ocurriese esta idea. Y además, ¿cómo podían pensar en semejante ignominia personas tan honradas?
Pero el público, el vecino, el tendero, el proveedor, todos los que los conocían, ¿no era natural que repitieran esta idea abominable y acabaran por admitirla y burlarse de su padre y despreciar a su madre?
La observación hecha por la criada de la cervecería de que Juan era rubio y él moreno, que no se parecían ni en la cara, ni en la figura, ni en el aire, ni en la inteligencia, llamaría la atención, y cuando se hablara de los hijos de Roland se preguntarían: «¿Cuál, el verdadero o el supuesto?».