Pedro y Juan
Pedro y Juan Así, después de las escuelas literarias que han querido presentarnos una visión deforme, sobrehumana, poética, conmovedora, hermosa o soberbia de la vida, ha venido una escuela realista o naturalista que ha pretendido mostrarnos la verdad, nada más que la verdad y toda la verdad.
Preciso es admitir con igual interés estas teorías de arte tan diferentes, y juzgar las obras que producen únicamente bajo el punto de vista de su valor artístico, aceptando à priori las ideas generales que las han engendrado.
Negar el derecho de un escritor a hacer una obra poética o una obra realista es querer obligarle a modificar su temperamento, recusar su originalidad y no permitirle servirse de los ojos y de la inteligencia que le ha dado la naturaleza.
Culparle de ver las cosas bonitas o feas, pequeñas o épicas, vulgares o sublimes, graciosas o siniestras, es culparle de estar organizado de tal o cual manera, y de que no vea las cosas como las vemos nosotros.
Dejémosle, pues, libre de comprender, de observar como le plazca, siempre que sea un artista. Exaltémonos poéticamente para juzgar a un idealista y probémosle que su sueño es vulgar, mediocre, banal y no bastante extravagante o magnifico. Pero si juzgamos a un naturalista, mostrémosle en qué difiere la verdad en la vida de la verdad en su libro.