Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—Vamos, vamos, señora, bis repetita placent, como decimos en patois, lo que significa: «Dos vermouths no hacen nunca daño». Yo, desde que no navego, me administro todos los días antes de comer dos o tres balances artificiales. Añado una arfada después del café, y tengo mar gruesa para toda la noche. No llego nunca hasta el temporal por temor a las averías.

Roland, cuya monomanía náutica se excitaba oyendo al marino, reía de todo corazón, con la cara ya roja y la vista turbada por el ajenjo. Tenía un gran vientre de tendero, nada más que un vientre donde parecía haberse refugiado el resto de su cuerpo; uno de esos vientres hinchados de los hombres que están sentados siempre, que no tienen ya ni piernas, ni pecho, ni brazos, ni cuello, como si el asiento de su silla hubiese llevado toda su materia al mismo sitio.

Beausire, al contrario, aunque grueso y pequeño, parecía lleno como un huevo y duro como una bala.

La señora de Roland no había aún vaciado su primera copa, y encarnada de felicidad contemplaba con sus ojos brillantes a su hijo Juan.

En éste se había producido la crisis de la dicha. Aquello era negocio concluido, estaba firmado y tenía veinte mil francos de renta. En su modo de reír, de hablar, de mirar; en sus maneras más desenvueltas, en su mayor seguridad, se advertía el aplomo que da el dinero.


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