Pedro y Juan
Pedro y Juan Cuando fueron a comer, Roland quiso dar el brazo a la señora de Rosemilly, pero su mujer se opuso diciendo: «No, no, hoy todo es para Juan».
En la mesa había un lujo inusitado; delante del plato de Juan, que ocupaba el sitio de su padre, había un enorme ramo, rodeado de cuatro compoteras, que contenían: la primera una pirámide de albaricoques magníficos; la segunda un pastel monumental relleno de crema y cubierto de campanillas de azúcar, una catedral de bizcocho; la tercera ruedas de piña nadando en almíbar claro, y la cuarta, lujo insólito, uvas negras procedentes de los países cálidos.
—¡Diablo! —dijo Pedro sentándose— celebramos el advenimiento de Juan el Rico.
Después de la sopa se sirvió Madera, y todos hablaban ya a un tiempo. Beausire contaba una comida que le había dado en Santo Domingo un general negro. Roland le escuchaba, procurando deslizar entre sus frases el relato de otro banquete dado por uno de sus amigos en Meudón, a consecuencia del cual todos los convidados habían estado quince días enfermos. La señora de Rosemilly, Juan y su madre proyectaban una excursión y un almuerzo en Saint-Jouin, de los que se prometían maravillas; y Pedro sentía no haber comido solo en un figón de la orilla del mar, para evitar todo aquel ruido, aquella alegría y aquellas risas que le mortificaban.