Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Pensaba en el medio de que debía valerse para participar a su hermano sus temores y hacerle renunciar una fortuna ya aceptada, con la cual gozaba y se embriagaba de antemano. Esto sería duro para él, ciertamente, pero era necesario; no podía vacilar, la reputación de su madre estaba amenazada.

La aparición de un enorme barbo llevó a Roland a hablar de pesca. Beausire contó lances sorprendentes ocurridos en Gabón, en Santa María de Madagascar y sobre todo en las costas de la China y del Japón, donde los pescados tienen formas extrañas como los habitantes. Describía las figuras de estos peces, sus grandes ojos dorados, sus vientres azules o encarnados, sus aletas parecidas a abanicos, sus colas cortadas en forma de media luna y sus gritos tan raros que hacían reír a los que los escuchaban.

Sólo Pedro parecía incrédulo, y murmuraba: «Bien dicen que los normandos son los gascones del Norte».

Después del pescado se presentó un vol-au-vent, luego un ave asada, ensalada, judías verdes y un pastel de codornices de Pithiviers. La buena de la señora de Rosemilly ayudaba al servicio y la alegría aumentaba con el número de copas de vino. Cuando saltó el tapón de la primera botella de Champagne, Roland, muy excitado, imitó con la boca el taponazo y dijo:

—Más vale esto que un tiro.

Pedro, cada vez más contrariado, replicó:


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