Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—En primer lugar, capitán, Ud. es más fuerte que mi padre; y además todos los que viven alegremente dicen lo mismo, hasta que llega un día en que… no vuelven al día siguiente a decir al médico prudente: «Tenía usted razón, doctor». Cuando veo hacer a mi padre lo que es más perjudicial y peligroso para él, es muy natural que se lo advierta. Sería un mal hijo si no lo hiciera.

La señora de Roland, desolada, intervino a su vez:

—Vamos, Pedro, ¿qué tienes? Por una vez no le hará daño. Piensa en la fiesta que es hoy para él y para todos. Vas a aguar su satisfacción y la nuestra. No haces bien.

Pedro murmuró encogiéndose de hombros:

—Que haga lo que quiera: ya le he avisado.

Pero Roland no bebía. Miraba su copa llena de vino hirviente y claro, cuyo alcohol embriagador subía desde el fondo en pequeñas burbujas para evaporarse en la superficie; la miraba con una desconfianza de zorro que encuentra una gallina muerta y teme un lazo.

—¿Pero crees que me hará daño? —preguntó vacilando.

Pedro sintió remordimientos por hacer sufrir a los demás a causa de su mal humor, y dijo:

—No; por una vez puedes beberlo, pero no abuses y no te acostumbres.


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