Pedro y Juan
Pedro y Juan Entonces Roland levantó su copa sin decidirse aún a llevarla a la boca. La contemplaba dolorosamente, con deseo y con temor; después la olió, la probó, la bebió a sorbitos, saboreándola, con el corazón lleno de angustia, de debilidad, de gula, y después de beber la última gota, de arrepentimiento.
Pedro entonces encontró fija y dura la mirada de la señora de Rosemilly. Sintió, penetró, adivinó el pensamiento que animaba aquella mirada de una mujer de espíritu recto y sencillo, que parecía decirle: «Tienes envidia, y eso es vergonzoso».
Bajó la cabeza y se puso a comer.
No tenía gana, todo le parecía malo. Sentía deseos de marcharse, para no oír las risas, ni las bromas, ni la charla de aquella gente.