Pedro y Juan
Pedro y Juan Roland, a quien empezaban a perturbar los vapores del vino, olvidaba ya los consejos de su hijo, y miraba a hurtadillas una botella de Champagne, medio llena, que estaba cerca de él. No se atrevía a tocarla por miedo a incurrir en una nueva amonestación, y pensaba de qué medio se valdría para apoderarse de ella sin que Pedro lo notara. Se le ocurrió un ardid, el más sencillo de todos, que fue cogerla con naturalidad y extender el brazo por encima de la mesa para llenar la copa del doctor que estaba vacía: luego fue llenando las otras copas, y al llegar a la suya se puso a hablar en alta voz, y si vertió algo se hubiera podido jurar que lo hacía inadvertidamente. Por otra parte, nadie reparó en ello.
Pedro bebía mucho sin pensarlo. Nervioso y disgustado, a cada momento tomaba y llevaba a sus labios, sin darse cuenta de lo que hacía, la larga copa de cristal llena del líquido animado y transparente, que bebía muy despacio para sentir en la lengua la picazón azucarada del gas evaporado.