Pedro y Juan
Pedro y Juan Poco a poco invadía su cuerpo un calor dulce, que partiendo del estómago, que parecía ser el foco, subía al pecho y se esparcía por todo su cuerpo, llevando como una ola tibia y bienhechora de alegría. Se sentía mejor, menos impaciente y menos descontento; y su resolución de hablar a su hermano aquella misma tarde se quebrantaba, no porque hubiera renunciado a ello, sino por no turbar tan pronto el bienestar que experimentaba Juan.
Beausire se levantó para brindar.
Después de saludar a todos, dijo:
—Graciosas señoras, amables caballeros: estamos reunidos para celebrar un acontecimiento feliz que afecta a uno de nuestros amigos. Antes se decía que la fortuna era ciega; yo creo que no era más que miope, y que ahora ha hecho uso de unos excelentes gemelos marinos que le han permitido distinguir en el puerto del Havre al hijo de nuestro buen camarada Roland, capitán de la Perla.
Todos prorrumpieron en bravos y aplausos.
Roland se levantó para contestar.
Después de haber tosido, porque sentía la garganta pastosa y la lengua torpe, balbuceó:
—Gracias, capitán, gracias por mí y por mi hijo. No olvidaré jamás la conducta de Ud. en esta ocasión. Brindo por Ud., y porque se realicen todos sus deseos.