Pedro y Juan
Pedro y Juan TenÃa los ojos y la nariz llenos de lágrimas, y se sentó porque no se le ocurrÃa nada más que decir.
Juan que no podÃa contener la risa, tomó a su vez la palabra.
—Yo soy —dijo— quien debe dar las gracias a los amigos leales, a los excelentes amigos (y miraba a la señora de Rosemilly) que me dan hoy esta prueba elocuente de afecto. Pero no es con simples palabras como debo expresar mi agradecimiento. Yo lo probaré mañana, siempre, en todos los instantes de mi vida, porque nuestra amistad no es de las que pasan.
Su madre, muy conmovida, replicó:
—Muy bien, hijo mÃo.
Entonces exclamó Beausire:
—Vamos, señora de Rosemilly, brinde Ud. en nombre del bello sexo.
La aludida levantó su copa, y con voz agradable en que habÃa un dejo de tristeza, dijo:
—Brindo por la memoria bendita del señor de Marechal.
Hubo algunos minutos de calma, de recogimiento decente, como después de una oración, y Beausire, que siempre estaba pronto a decir una galanterÃa, exclamó:
—No hay como las mujeres para que se les ocurran esas delicadezas.
Luego, volviéndose a Roland, dijo: