El halcón pirata
El halcón pirata A pocas millas de Santa Bárbara, en el mar Pacífico, se eleva sobre las olas, como las hojas de la ninfea, un grupo de islotes, apenas separado por angostos canales, que en otro tiempo estaba habitado por indios.
Según la tradición, perpetuada en las tribus de América del Norte, y corroborada por el testimonio de muchos americanos que han residido allí, estos islotes contenían una numerosa población. Los naturales de aquel país pasaban con frecuencia a tierra firme, a Santa Bárbara y a San Pedro, con objeto de traficar con los indios que a la sazón vivían en el Sur de dichas provincias. Las ventas y compras se hacían por medio de conchas que les servían de monedas.
En la época en que las misiones de California estaban regularmente establecidas y prosperaban de todos modos, es decir, a fines del siglo pasado, aquel comercio estaba muy extendido, y las operaciones de cambio habían inducido a los indios a establecer una feria anual, que se celebraba en un punto designado de la costa, y a la cual acudían todos los pieles rojas de las islas y de tierra firme. Poco a poco, y merced a las instancias de los misioneros, los habitantes de los islotes mencionados abandonaron sus viviendas y fueron a establecerse en Santa Inés, Santa Bárbara, los Ángeles, San Gabriel y San Diego.
