El halcón pirata
El halcón pirata A eso de las doce y media de una magnífica noche del mes de mayo de 1817, hubiera podido verse un grupo de tres hombres junto a la meseta o colina que domina la playa de la Punta del Tambor.
El más notable de ellos era un joven de veintiuno a veintidós años de edad, alto y bien proporcionado; sus ojos azules, nariz romana y pelo castaño, y la expresión de sus facciones, indicaban un carácter dulce y melancólico, pero sus arqueadas cejas y penetrante mirada revelaban más bien el hombre de genio resuelto y pensador.
Este joven, hijo de un plantador de las cercanías, rico en otro tiempo, pero reducido entonces a una precaria situación, regresaba de una excursión de pesca nocturna, acompañado de dos robustos negros que llevaban pendiente de un bambú un cesto de grandes dimensiones, lleno al parecer de los escamosos trofeos de la reciente expedición.
Alvan Coe, así se llamaba el joven, había salido de su casa cuando ya comenzaba a oscurecer, y al pasar junto a la playa de la Punta del Tambor, vio entre otros dos o tres buques un magnífico bergantín de más de ciento veinte toneladas, que se distinguía por su graciosa figura y su aspecto de limpieza.