La montaña perdida
La montaña perdida Mientras hacían estas observaciones, notaron una circunstancia sumamente interesante. El lado de la montaña por el que descendió el carnero, se hallaba al oeste del claro, es decir, en un lugar absolutamente invisible desde el campamento de los pieles rojas. Abajo se extendía un pradecillo verde que atravesaba un arroyo procedente del lago, el cual formaba allí mismo un pequeño marjal, como podía verse perfectamente desde arriba. Por allí iba y venía una animal que llamó inmediatamente la atención de los cuatro hombres.
—¡Es Cruzado!-exclamó Enrique reconociendo inmediatamente a su caballo, a pesar de la distancia y observando con satisfacción que el animal estaba libre por completo.
Mientras los demás proseguían el examen minucioso de la roca, el joven se quedó con los ojos clavados en su caballo y el fruncimiento de sus cejas indicaba que se le había ocurrido una idea interesante.
Una vez se hubieron tomado las medidas a ojo, aunque con la mayor exactitud posible, los cuatro hombres volvieron al campamento. Tratábase, entonces de nombrar a dos nuevos mensajeros. Ninguno de los hombres que habían sido sorteados ya una vez intentó ni siquiera protestar, a pesar de la suerte trágica de sus compañeros. Pero cuando ya se disponían a celebrar el sorteo, se oyó una voz que exclamaba:
—Déjenme partir solo.